PAGO PARA QUE ME APLAUDAN
Hace más de 40 años, el entonces presidente José
López Portillo sintetizó en una frase una de las formas más autoritarias,
patrimonialistas y perversas de entender la relación entre el poder público y
la prensa: “no pago para que me peguen”, en relación con su pleito con el
semanario Proceso, dirigido por Julio Scherer, al que le retiró toda la
publicidad oficial en represalia por su línea crítica.
Pero “Jolopo” no hablaba de su dinero, pues no
sacaba un peso de su cartera. Hablaba del presupuesto público como si fuera
suyo y, desde esa concepción patrimonial del poder, decidió que quien criticara
al presidente no merecía recibir publicidad del gobierno.
Cuatro décadas después, la autodenominada “cuarta transformación”,
que prometió desterrar las prácticas del viejo régimen –con el que se mimetiza
a cada segundo-, parece haber encontrado la manera de reciclarlas bajo un nuevo
discurso. Claudia Sheinbaum lo dejó ver con una claridad extraordinaria cuando,
durante una reciente conferencia presidencial, fue cuestionada directamente por
un asistente a la “mañanera” sobre el reparto de publicidad oficial.
La presidenta respondió primero que el gasto se
había reducido respecto de los tiempos de Enrique Peña Nieto –lo cual es
relativamente cierto- y, ante la insistencia, soltó casi con un dejo de orgullo:
“no, por ejemplo, a TV Azteca, sí, no le damos”. Y luego mencionó a Reforma y a
El Universal como otros de los medios “expulsados” del “paraíso” presupuestal
por “incómodos”.
La frase constituye, cuando menos, una confesión desde
el fondo del corazón de la presidenta Sheinbaum acerca de cómo concibe la
asignación de recursos públicos a los medios de comunicación. ¿Con qué
criterios se decide a quién sí “le damos” y a quién no?
Durante muchos años, organismos ciudadanos y
promotores de la transparencia han insistido en que esos criterios deberían
corresponder a estudios de audiencia, cobertura territorial, perfiles
demográficos, efectividad de las campañas y objetivos institucionales. Pero ni
los anteriores gobiernos, ni el actual, lo han hecho de esa manera. Lo que les
importa realmente es la línea editorial, si es afín al gobernante y al partido
en turno. Y si se desvive o no en lisonjas.
Este mecanismo de “premio” y “castigo” para asignar
la publicidad oficial deja de lado la distribución del presupuesto conforme a
parámetros verificables, transparentes, impersonales y técnicamente justificables,
para convertirse en un instrumento político de control de esos medios y
“periodistas”, que dejan de ser un contrapeso y renuncian a ejercer el necesario
escrutinio del poder, para en su lugar asumirse como “voceros”, propagandistas
y, en muchos casos, en mandaderos del político/a que los financia.
Los lineamientos federales de comunicación social
para 2026 señalan que el gasto debe cumplir criterios de eficiencia, eficacia,
economía, transparencia y honradez, y el propio acuerdo sostiene que la distribución
de publicidad oficial debe efectuarse mediante criterios “objetivos,
imparciales y transparentes” que garanticen igualdad de oportunidades entre
medios. Por tanto, el dinero destinado a comunicación social no es una
gratificación presidencial. Mucho menos un premio a la obediencia. O no debiera
ser.
La presidenta Sheinbaum puede decidir la política
de comunicación de su administración dentro de las facultades que le confiere
la ley. Lo que no debería poder hacer es convertir el uso del presupuesto público
en una extensión de sus filias y fobias. Un gobierno democrático debiera comprar
espacios publicitarios porque necesita comunicar campañas de vacunación,
programas públicos, medidas de protección civil, derechos ciudadanos,
información sanitaria o acciones institucionales. No para comprar líneas
editoriales.
Durante décadas hubo relaciones profundamente
corruptas entre gobiernos, propietarios de medios, columnistas y periodistas. Negarlo
sería absurdo. Pero es muy claro que el actual régimen ha recurrido a las
mismas prácticas, aunque se ufane de negarlo.
Basta observar el ecosistema mediático construido
alrededor de la “4t”. Nunca antes habíamos visto semejante cantidad de
pasquines y textoservidores dispuestos a justificar absolutamente cualquier
cosa que haga el poder. Personajes cuya tarea cotidiana consiste en elogiar al
gobierno, atacar a sus críticos, desacreditar periodistas, reproducir sin
cuestionamientos la narrativa oficial y presentar cada fracaso como una “victoria
histórica” de la transformación.
El “chayote” no desapareció con Morena. Cambiaron
algunos beneficiarios, otros se “convirtieron” a la “fe” obradorista para
seguir cobrando. Surgió una nueva generación de propagandistas, algunos de los
más abyectos de nuestra historia contemporánea, llenando páginas, micrófonos,
canales y redes sociales de alabanzas al poder. Y no lo hacen gratis.
En los estados del interior de la República ocurre
lo mismo, o a veces es peor. Porque muchos gobernadores y alcaldes se sienten
señores y señoras feudales que no deben tolerar señalamientos. Y también se
rodean de cortesanos que ni escribir su nombre sin faltas de ortografía pueden.
Pero ojo, hacer un “censo” para que el gobierno avale quién sí y quién no es
periodista, como se deslizó en Veracruz, es una trampa.
El presupuesto de comunicación social no es dinero
del gobernante ni del partido en turno. Se trata de recursos públicos que no
deben, ni antes ni ahora, utilizarse para comprar aplausos ni para cobrar
críticas. Mucho menos, para convertirse en la zanahoria para los dóciles y el
garrote para los incómodos.
Pero estamos instalados en el “pago para que me
aplaudan”.
Email: aureliocontreras@gmail.com
X: @yeyocontreras

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