EL ÁRBITRO DE LA VERDAD
El debate sobre la libertad de expresión que
se ha abierto luego de que el gobierno de Claudia Sheinbaum dio a conocer sus Lineamientos
Generales para la Protección de los Derechos de las Audiencias tiene un nodo
central, y que no son propiamente los derechos de las audiencias, sino la
pretensión de controlar desde el Estado, de manera discrecional, lo que se
dice, publica y transmite en los medios de comunicación, en este caso los
electrónicos tradicionales, pero que también alcanzaría, dicho por la propia
presidenta, a la prensa escrita y a los medios digitales.
El régimen de la pretendida “cuarta
transformación” ha buscado por todos los cauces posibles apoderarse de la
narrativa pública e imponer una sola visión de la realidad desde hace casi ocho
años. Para ello, construyó un poderoso –el más avasallante de la historia-
aparato de propaganda vía las redes sociales y, sobre todo, la conferencia
“mañanera”, donde el anterior y la actual titular del Ejecutivo no solo han
difundido con enormes alcances sus acciones, planes y posturas, sino que se han
dedicado a ametrallar a sus críticos, mediáticos y políticos, sin concederles
jamás uno de los principales derechos de las audiencias: el de réplica.
Se trata de monólogos reforzados por
impostores y usurpadores de la tarea periodística, que llevan la voz cantante
para plantear lo que muchas veces es demasiado evidente que alguien más les
instruyó preguntar en las “mañaneras”, en las que tienen un lugar asegurado, y donde
solo de vez en cuando se permiten preguntas y periodistas reales, más para
simular alguna clase de pluralidad que para garantizarla, pues ni López Obrador
ni Sheinbaum contestan cuestionamientos fuertes o incómodos que desbaraten la
versión oficial.
Al mismo tiempo, han degradado a los medios
públicos hasta convertirlos en vergonzosos altavoces de la propaganda
oficialista, desde donde también se denuestan periodistas y ciudadanos críticos
de manera arbitraria, abusiva… y con cargo al erario.
A pesar de todo esto, el morenato no controla
la narrativa pública. Por más que lo ha intentado, sus corruptelas, sus
relaciones criminales y su incompetencia para gobernar han sido documentadas en
medios y redes, lo que ha dado la pauta para la expresión de un todavía
limitado, sin duda, pero creciente descontento por las condiciones en las que tiene
al país.
Lo anterior, además de su odio enfermizo
hacia su antiguo aliado, el dueño de TV Azteca Ricardo Salinas Pliego –a quien
no consideraban un hampón cuando les regalaba tiempo aire en su televisora para
que López Obrador tuviese un espacio donde pontificar-, los llevó a dar el
siguiente paso: buscar sancionar la “desinformación” y los contenidos que según
el régimen sean “falsos” en medios electrónicos, vía los referidos lineamientos,
que le confieren esa tarea a un organismo del propio gobierno, que será la
última instancia para determinar lo que es “verdadero”.
La Comisión Reguladora de Radio y Televisión
—un organismo subordinado al gobierno federal, que sustituyó al autónomo
Instituto Federal de Telecomunicaciones tras ser destruido por el morenato— será
la que interprete los alcances de conceptos tan amplios como “veracidad”, “distinción
entre información y opinión”, “derechos de las audiencias” o “desinformación”.
Es decir, el propio gobierno asumirá la facultad de convertirse en árbitro de
la verdad.
¿Y quién vigilará al vigilante? ¿Quién
decidirá cuando sea el propio gobierno el que mienta, algo que sucede a menudo?
Porque esta regulación parte de una premisa profundamente equivocada: asumir
que el Estado es un actor neutral, objetivo e inmune a la manipulación
política. Más de 100 mil mentiras en la “mañanera” durante el sexenio pasado,
los papelones del Sistema Público de Radiodifusión y su plataforma
propagandista Infodemia, o los infames espacios “Quién es quién en las
mentiras” y “Derecho de réplica” son prueba justa de este punto.
Por supuesto que es indispensable exigir a
los medios y los periodistas de todas las plataformas mayor rigor en sus
contenidos, más cuidado en el tratamiento de la información, la verificación de
los datos que van a difundirse y la apertura a la publicación de la réplica de
quien se sienta agraviado o afectado. Ya existen instrumentos jurídicos para
hacer valer todo esto.
De eso, a que un organismo gubernamental
decida unilateralmente qué es verdadero, qué es opinión y qué información, y
quién tiene derecho a expresarse y cómo ejercerlo, hay una diferencia abismal.
La solución a este conflicto la dio,
curiosamente, la propia Claudia Sheinbaum cuando le preguntaron la semana
pasada si sometería la “mañanera” a los mismos parámetros que quiere imponer a
los medios, a lo que se negó tajantemente con un argumento impecable: quien no
la quiera ver, “que no la vea”.
Justamente así. Esa es la prerrogativa que
las audiencias tienen el poder de hacer valer si un medio incumple con su
función o si sus contenidos simplemente no son del agrado del público.
Pero el gobierno que se dice “humanista”
quiere tratarnos como menores de edad. O peor, como zombis descerebrados.
El
“censo”
Y como no podía faltar el toque
¿veracruzano?, la gobernadora Rocío Nahle ahora impulsa que la sumisa Comisión
Estatal de Atención y Protección a Periodistas realice un “censo” de
periodistas en el estado. Algo que, por cierto, contraviene lo establecido por
la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión de la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), que sostiene que el ejercicio
periodístico no debe estar sujeto a licencias, certificaciones o registros
obligatorios.
¿Será que al final solo serán reconocidos
como “periodistas” en Veracruz los textoservidores y matraqueros que aplauden a
su gobierno y compiten por hacerle ver quién se arrastra más abajo del piso?
Email: aureliocontreras@gmail.com
X: @yeyocontreras

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