LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN NO ES CONCESIÓN DEL PODER
Las celebraciones del “día de la libertad de
expresión” cada 7 de junio siempre han sido una fantochada, una simulación en
la que desde su origen, los dueños de los medios le “agradecían” al presidente
—o al gobernador— en turno la “graciosa concesión” de, irónicamente, ejercer una
libertad de expresión de la que, en realidad, no gozaban.
Por décadas fue ese el espacio para “premiar”
al periodismo dócil con el poder, el que no publicaba sobre la corrupción
gubernamental y que se regodeaba en la cercanía —aunque fuera solo en el lapso
que dura comerse unos huevos con frijoles— con los gobernantes.
Continuar “celebrando” esa fecha no solo es
anacrónico. Es burdo. Exaltar la libertad de expresión mientras se comparte
mesa con el actor público que debiese ser el blanco del escrutinio periodístico
a su desempeño y que además, te va a entregar un “reconocimiento”, es un
contrasentido.
Por esa razón, la conmemoración se trasladó
al 3 de mayo, Día
Mundial de la Libertad de Prensa proclamado por la ONU en 1993 para promover y
proteger el periodismo independiente y la libertad de expresión. Y los premios
de periodismo con verdadero reconocimiento se entregan únicamente entre pares,
a convocatoria de un Consejo Nacional integrado por periodistas.
Sin embargo, aún existen membretes,
como el del llamado Club de Periodistas de México, que
entregan año con año “premios nacionales” que deciden quién sabe cómo. Y que se
ciñen a la vieja lógica de convalidarse con la presencia de un representante
del gobierno en turno.
Todo eso viene a cuento por la escena de este
fin de semana en Xalapa, precisamente durante una “celebración” y entrega de
reconocimientos del Club de Periodistas de México con motivo del 7 de junio. Frente
a reporteros, columnistas, fotógrafos y dueños de medios locales, Jenaro
Villamil, titular del Sistema Público de Radiodifusión de la República Mexicana
—que entre otras cosas, ha convertido a los medios públicos del país en
misérrimos replicadores de propaganda oficial y encabeza, a través de la
plataforma Infodemia, las campañas de desacreditación a los medios y
periodistas críticos—, intentó dictar línea a los comunicadores veracruzanos
con un discurso cargado de retórica patriotera.
Su exhorto a que los periodistas se
convirtieran en “guardianes de la soberanía” frente a la supuesta injerencia extranjera
en México, y el calificativo de “apátridas” a quienes critiquen al gobierno al
que pertenece, no fue recibido con aplausos, sino con abucheos y gritos de “¡fuera!”.
El episodio revela la pretensión del régimen de
unificar el discurso mediático en torno de la defensa de la “soberanía
nacional” frente a la embestida judicial de Estados Unidos contra políticos
mexicanos vinculados con el narcotráfico. La narrativa oficial busca
transformar un problema de corrupción y crimen organizado en una suerte de “cruzada
patriótica”, donde los periodistas deben alinearse como “soldados de la patria”
en lugar de ejercer su función crítica.
El mensaje de Villamil es una extensión de la
narrativa del régimen para convertir las acusaciones de la justicia
estadounidense contra narcopolíticos mexicanos en un ataque a la soberanía
nacional. Se pretende que la opinión pública vea en cada imputación un acto de
intervención extranjera y no el resultado de investigaciones sobre vínculos
criminales que las instituciones mexicanas han sido incapaces —o renuentes— de
procesar.
El discurso de la “defensa de la patria” es
realmente una coartada para silenciar críticas y exigir disciplina mediática, invocando
la soberanía para encubrir la impunidad de políticos que, desde hace años, han
convertido al Estado en cómplice del crimen organizado.
La reacción al discurso de Villamil de algunos
de los asistentes —en especial, del director del portal Libertad Bajo Palabra,
Armando Ortiz—fue de rechazo frontal a la imposición de una agenda política
disfrazada de nacionalismo. Sin embargo, la dirigente eterna del Club de
Periodistas de México, Celeste Sáenz de Miera, salió en defensa de Villamil y
del gobierno. Con frases recicladas del expresidente López Obrador —“aquel que
no quiere a la patria, no quiere a su madre”—, Sáenz evidenció la de por sí
conocida subordinación de esa organización decadente y desprestigiada, que
históricamente ha estado del lado del poder sin importar el partido que
gobierne.
La libertad de expresión, antes como ahora,
no es una concesión del gobierno, que no nos hace ningún favor. Es un derecho
humano de todos los ciudadanos. Y la soberanía no se defiende con consignas ni
con discursos patrioteros, sino con instituciones sólidas, justicia
independiente y respeto a las libertades.
La pretensión de que los periodistas se
conviertan en “defensores de la patria” es, en realidad, un intento de
neutralizar el periodismo crítico, cuya función no es defender gobiernos ni
partidos, sino cuestionarlos, fiscalizarlos y exponer sus abusos. Convertir a
los comunicadores en propagandistas de la soberanía equivale a despojarlos de
su esencia y reducirlos a voceros del poder.
O peor aún, a textoservidores matraqueros y
centaveros. Que ¡ah, cómo abundan!
Email: aureliocontreras@gmail.com
X: @yeyocontreras

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