DE QUÉ LADO ESTÁS
Como si aún estuviera gobernando (¿o será que
nunca ha dejado de hacerlo?), Andrés Manuel López Obrador volvió a hacer girar
la escena política mexicana en torno suyo, luego de que el expresidente
reapareció por enésima ocasión con una carta pública en la que denunció una
supuesta “embestida” de Estados Unidos contra Morena y sus dirigentes, a raíz
de las investigaciones y acusaciones que vinculan a políticos morenistas con el
narcotráfico.
El gesto no es menor. En un momento en que la
administración de Claudia Sheinbaum enfrenta crecientes presiones por los
señalamientos de Washington y ante la negativa de entregar a la justicia a los
políticos morenistas involucrados en las denuncias, López Obrador decidió
colocarse al frente, reafirmando que sigue siendo el verdadero conductor de su
movimiento y al mismo tiempo, contraviniendo una de las principales reglas no
escritas de la política mexicana: los expresidentes no le hacen sombra al
gobernante en turno.
La misiva repite las mismas líneas
discursivas que Sheinbaum utilizó apenas el domingo pasado en su mitin en el
Monumento a la Revolución: acusaciones de “intervencionismo”, denuncias de una
campaña para debilitar a la “transformación” y la insistencia en que los
mexicanos deben definirse en un bando. La coincidencia muestra de manera
diáfana que el obradorato opera con un libreto único, dictado desde Palenque, y
que la presidenta no hace más que replicar el guion que le marca su antecesor.
Aunque en su carta López Obrador refrenda su
apoyo a Sheinbaum, su aparición pública la minimiza, la coloca como una figura
secundaria, incapaz de sostener por sí misma al movimiento frente a la crisis.
En lugar de fortalecerla, la hace ver débil, como si necesitara la tutela
permanente del caudillo. El mensaje implícito es devastador: la presidenta no
gobierna, solo administra lo que el “líder máximo” le dicta.
Ello fue todavía más evidente con la
respuesta de las huestes morenistas, que de inmediato se activaron y agruparon para
respaldar la verdadera intención, que es blindarse ante las denuncias de
Estados Unidos, convertirlas en un ataque político y trasladar la
responsabilidad de los vínculos con el crimen organizado hacia un enemigo
externo, en lugar de asumir la podredumbre interna.
López Obrador incluso se queja de la actual “actitud
hostil” de Donald Trump, asegurando que no fue así cuando ambos eran
presidentes. Aunque cualquier revisión hemerográfica echa por tierra esa
falacia, pues el estadounidense siempre recurrió a la amenaza para obtener lo
que quería. Por ejemplo, que el gobierno mexicano se convirtiera en su muro
para contener la migración desde la frontera con Guatemala. Y lo logró.
El discurso eje del “tiempo de definiciones”
es, en realidad, una trampa. El obradorato pretende colocar a los mexicanos en
una falsa disyuntiva: o se está con la “transformación” o se está en su contra y,
en consecuencia, te conviertes en “traidor a la patria”. En esa lógica
maniquea, los “buenos” son solo ellos y cualquiera que cuestione o denuncie sus
excesos y corruptelas es automáticamente un “traidor”, un “vendido”, un “agente
del imperialismo” o, el sambenito de moda, un representante de la
“ultraderecha”.
Lo que se quiere ocultar tras esa retórica es
la gravedad de las acusaciones contra los políticos del régimen que claramente
tienen vínculos con el crimen organizado y que el gobierno norteamericano
simplemente usa para sus intereses, que tampoco son los de la búsqueda de la
justicia o el restablecimiento de la normalidad democrática en nuestro país,
por supuesto. Pero la respuesta es el reflejo de un sistema que sabe que está
acorralado.
La misma salida al ruedo de López Obrador es
prueba de eso. Por la mañana del miércoles, el periódico Los Angeles Times
publicó una nota en la que asegura –posición que sostiene a pesar de las
reacciones de rechazo- que otros dos gobernadores de Morena están bajo
investigación en Estados Unidos y que sus visas habrían sido revocadas, a pesar
de lo cual pueden ingresar a aquel país gracias a un permiso especial que se
concede, entre otras circunstancias, cuando existe cooperación con las
autoridades norteamericanas en pesquisas judiciales.
No se trata de gobernadores cualquiera.
Alfonso Durazo, de Sonora, y Américo Villarreal, de Tamaulipas, son parte del
círculo cercano de López Obrador. El primero, además, fue el primer secretario
de Seguridad Pública del sexenio anterior. La sola idea de que puedan estar
cooperando con las autoridades judiciales de Estados Unidos es veneno puro para
el obradorismo y en especial, para su líder real, y es por ello que están
azuzando a la población para que se “defina” en un “bando”, en donde solo hay
para elegir entre la peste y el hambre.
¿De qué lado estás?
Email: aureliocontreras@gmail.com
X: @yeyocontreras

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