¿CON QUIÉN SE QUEDA EL INE?
La destrucción de las instituciones democráticas en
México llegó a su punto culminante con el golpe mortal asestado al Instituto
Nacional Electoral.
El obradorato se propuso desde su ascenso al poder
desmantelar todo indicio de contrapeso democrático y siempre tuvo en la mira al
INE, al que decidió invadir y someter desde dentro para hacerlo implosionar. El
escándalo que terminó por sacar de la presidencia del organismo a Guadalupe
Taddei Zavala no es sino otro de los clavos que están terminando de cerrar su
ataúd.
Lo que ha quedado al descubierto no es solamente
una trama de contratos millonarios, relaciones personales comprometedoras y
presuntos conflictos de interés y tráfico de influencias. Es la podredumbre de
una institución que fue colonizada por el régimen hasta convertirla en una
caricatura de aquel organismo autónomo que alguna vez representó la posibilidad
de elecciones auténticamente libres y competidas en México.
Taddei no llegó por casualidad a la presidencia del
INE. Su designación en 2023, durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador,
fue resultado de un proceso político que favoreció a un perfil más que cercano
al oficialismo, en un contexto en el que Morena ya había convertido el
debilitamiento de los contrapesos institucionales en una prioridad.
Su llegada significó desde el principio un paso más
en la captura de una institución que había sido uno de los principales
obstáculos para las pretensiones hegemónicas del obradorismo. Desde entonces, las
tensiones internas, las decisiones unilaterales, los nombramientos
cuestionados, las disputas con otros consejeros y una actitud cada vez más
complaciente y cínica frente a las estrategias electorales del partido
gobernante fueron minando la credibilidad de un organismo que, paradójicamente,
tenía como principal patrimonio la confianza ciudadana.
El INE fue dejando de comportarse como árbitro para
convertirse en espectador de las violaciones a las reglas del juego democrático,
o peor aún, en validador de decisiones inconstitucionales que demolieron el
equilibrio y la división de poderes para otorgarle todo el poder al nuevo
partido oficial.
Ahí están la ilegal mayoría absoluta que junto con
el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación le regaló a Morena y
aliados en la Cámara de Diputados; las campañas adelantadas disfrazadas de
procesos internos con sus dizque coordinaciones de defensa de la transformación;
la descarada promoción personalizada de aspirantes a candidaturas; el uso
político de estructuras gubernamentales y la simulación con la que Morena ha
conseguido anticipar sus procesos internos sin enfrentar consecuencias
proporcionales a la gravedad de sus conductas.
A estas alturas, la credibilidad del INE está
destruida. No solo por la vulgaridad de la corrupción de Guadalupe Taddei. También
por la responsabilidad, activa o pasiva, de un Consejo General que permitió que
la institución llegara a este extremo. Por las complicidades y la incapacidad
de preservar la independencia del organismo frente a las presiones del poder. El
deterioro institucional es colectivo y la confianza pública no puede
reconstruirse mediante un simple cambio en la presidencia.
En otro tipo de país, una crisis de semejante
magnitud tendría que provocar la salida de todos los integrantes del Consejo
General y la integración de un nuevo órgano de dirección, con perfiles
verdaderamente independientes, mediante un procedimiento transparente y ajeno a
las cuotas partidistas. Pero eso no sucederá.
Quienes toman esas decisiones no tienen interés en
reconstruir un árbitro independiente, sino en conservar su influencia sobre el
mismo. Y el INE, tal como ha quedado configurado, resulta funcional para un
régimen que necesita conservar la apariencia de competencia democrática
mientras concentra cada vez más armas de control.
Todo esto ocurre mientras una parte considerable de
la sociedad parece haberse acostumbrado a la demolición institucional. Se ha
normalizado que los órganos autónomos sean desmantelados, que los contrapesos
sean desaparecidos, que las reglas electorales se tuerzan mediante simulaciones
y que los funcionarios encargados de hacerlas cumplir se hagan de la vista
gorda. Incluso, a nadie escandaliza ya que los casos de rampante corrupción
solamente tengan consecuencias –y eso, mínimas- cuando resultan útiles para las
luchas intestinas del poder.
Costó décadas de lucha social y centenares de vidas
humanas construir un árbitro que no dependiera directamente de los intereses
del partido gobernante y organizara elecciones creíbles, parejas y con
parámetros mínimos de democracia. En menos de una década, el obradorato lo ha pulverizado.
Los clavos del ataúd del INE ya están puestos. Estamos
ante el punto final de todo el periodo de transición democrática iniciado en
México desde finales de los años 80 y los 90 del siglo XX y el regreso a un
sistema donde el poder pretende volver a decidir unilateralmente quién puede
competir, bajo qué condiciones y con qué posibilidades de ganar. Un retroceso
histórico que, por la magnitud de lo que se perdería y las dificultades para
reconstruirlo, será irreparable, en el corto y mediano plazo, para el país.
Sería una ingenuidad interpretar la caída de Taddei
como resultado de un súbito interés del régimen por combatir la corrupción,
exhibida, por cierto, por los medios de comunicación. Su salida debe leerse en el
contexto de una lucha de poder dentro del propio régimen, donde las distintas
facciones del morenato se disputan posiciones estratégicas de cara a 2027.
Así que no se trata en realidad de limpiar al INE,
sino de decidir quién se queda con él.
Email: aureliocontreras@gmail.com
X: @yeyocontreras

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