LA COMPETENCIA POR VER QUIÉN BURLA MEJOR LA LEY
Otro de los principales “logros” de la llamada “cuatroté” de los últimos ocho años es que las campañas electorales ya no comienzan cuando lo establece la ley, sino cuando se les da la gana a los políticos.
La
simulación se ha convertido en la regla. Morena encontró una fórmula tan burda
como efectiva para adelantar sus procesos de selección de candidatos, promover
personajes, movilizar estructuras y posicionar aspirantes sin reconocer
formalmente que está haciendo campaña: las llamadas “coordinaciones de defensa
de la transformación”.
El nombre
es, en realidad, lo de menos. Podrían llamarlas “coordinaciones de la esperanza”,
“brigadas de la revolución obradorista” o con cualquier otra denominación cursi
y grandilocuente. El propósito político sería exactamente el mismo: colocar
anticipadamente en la competencia electoral a quienes buscarán cargos públicos,
darles exposición, construirles estructuras territoriales y generarles ventajas
frente a sus eventuales adversarios.
Todo
ello, por supuesto, bajo la coartada de que se trata de actividades “internas”
de organización partidista. Un cuento que pretende aparentar legalidad en lo
que, por sus características y objetivos, constituye una violación a las
disposiciones sobre precampañas y campañas electorales que originalmente fueron
impulsadas, para mayor ironía y absurdo, por la propia izquierda partidista
cuando era oposición.
En medio
de este circo, las autoridades encargadas de vigilar el cumplimiento de las
normas parecen haber decidido que es preferible hacerse de la vista gorda antes
que enfrentar a quienes las violan descaradamente. Es verdaderamente
escandaloso que el Instituto Nacional Electoral, organismo que debería poner
orden, esté más interesado en encontrar argumentos para justificar su pasividad
que en ejercer sus facultades de fiscalización y vigilancia.
Morena no
inventó las trampas electorales, evidentemente. Pero las aprendió muy bien de
su abuelo, el PRI, y las ha perfeccionado hasta convertirlas en un mecanismo de
operación política, propaganda y proselitismo permanentes. Y como ahora es el
partido en el poder y concentra el mismo de manera apabullante y autoritaria,
dispone de una maquinaria de promoción y movilización a la que sus adversarios no
pueden ni aspirar siquiera.
El
calendario electoral se ha convertido prácticamente en un adorno. Los periodos
de precampaña y campaña, contemplados hasta el próximo año en la norma
electoral, son una formalidad lastimera, porque a nadie le importan ni pretenden
esperarse a que lleguen los tiempos legales. Y lo más grave es que lo que
comenzó como una estrategia del oficialismo terminó contaminando a todo el
sistema de partidos.
La
oposición, en lugar de exigir con firmeza el cumplimiento de la ley y
mantenerse al margen de estas prácticas, ha comenzado a reproducirlas con sus
propias fórmulas de simulación. Y es que nadie quiere quedarse atrás ni está
dispuesto a concederle al adversario meses de ventaja en posicionamiento y
organización. Así que si la autoridad permite que unos adelanten sus campañas
de manera artera y grotesca, los demás encuentran el pretexto perfecto para
hacer exactamente lo mismo. ¿Por qué no habrían de hacerlo ellos también?
Es la
competencia por ver quién burla mejor la ley. Y el resultado es perverso: la
ilegalidad deja de ser una excepción que debe sancionarse, para convertirse en
una práctica “normalizada”, justificada bajo el argumento de que todos la
realizan, mientras el árbitro, alguna vez confiable y profesional, se ha vuelto
parte del mismo lodazal.
Por lo
mismo, hay una proliferación de campañas adelantadas sin fiscalización alguna. En
estados como Veracruz y Puebla es grosero el dispendio de recursos, tanto
públicos como de procedencia menos clara, en la promoción de aspirantes que,
sin esa inyección de dinero, sin el respaldo de amplias y bien aceitadas
estructuras de poder, convocarían a sus actos proselitistas a menos personas
que un perro atropellado.
Lo peor
es que esa gente, con esas credenciales (in) morales e ínfima estatura
política, busca llegar a ocupar una curul en donde se hacen las leyes o a tomar
decisiones desde una alcaldía o una gubernatura, afectando la vida de miles de
mexicanos.
Y mientras
corren ríos de dinero para la política, no hay ni para un pinche curita en un
hospital.
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@yeyocontreras

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