INSTITUCIONALIZANDO LA SUBORDINACIÓN
Cerca de la medianoche de este martes 25 de noviembre, el Congreso de Veracruz consumó una reforma constitucional que tuvo exactamente durante un año en la “congeladora” y que sin más, decidieron revivir en uno de los peores momentos de la administración de Rocío Nahle, en medio de una severa crisis de imagen a unos días de cumplir sus primeros 12 meses de haber asumido el poder.
La reforma en cuestión elimina de tajo cualquier
pretensión de autonomía que hubiese podido tener la Fiscalía General del Estado
de Veracruz (FGE), devolviendo al Ejecutivo el control directo sobre el
nombramiento y la remoción de su titular, lo que lo convierte en un subordinado
más, de hecho y de derecho, del gobernador en turno.
No hay duda de que desde la reforma que
transformó a la Procuraduría en Fiscalía General, su autonomía fue siempre de
puro papel. Formal, mas no sustantiva. Todos los fiscales que pasaron por esa
oficina se comportaron siempre como empleados del gobernador en turno, desde el
duartista Luis Ángel Bravo, pasando por el yunista Jorge Winckler y la actual
–y a punto de salir por piernas- “bolaochista” Verónica Hernández Giadáns.
La manera en la que llegó Hernández Giadáns a
la FGE la marcó de manera indeleble desde el principio: ilegalmente, a través
de una asonada pandilleril en el Congreso del Estado comandada por el entonces
diputado Juan Javier Gómez Cazarín, pero cuyo “autor intelectual” fue el en ese
momento poderoso secretario de Gobierno Eric Patrocinio Cisneros Burgos, jefe
directo –dicen que hasta la fecha- de la abogada que no tenía experiencia ni
especialización alguna en derecho penal.
Verónica Hernández Giadáns se prestó a ser un
ariete, un brazo ejecutor de las venganzas políticas de sus “superiores” –que
en teoría, no lo eran-, léase Eric Cisneros y Cuitláhuac García. En ese orden.
Así, torció la ley cuantas veces se lo
ordenaron, metió y mantuvo en la cárcel a cientos de personas inocentes,
políticos o no, a través del infame bodrio jurídico de los “ultrajes a la
autoridad”. Su gestión fue de todo, menos autónoma. Su inminente salida de la
FGE no es algo que se vaya a lamentar.
Sin embargo, la reforma –que es el primer
paso para echarla de la Fiscalía- aprobada esta noche va más allá. Le confiere
el control absoluto al gobernador –la gobernadora en este momento específico-
para nombrar o remover al fiscal –simulando un aparente ejercicio de control
del Congreso mediante la ratificación, que es otra pantomima en una Legislatura
de mayoría absoluta-, lo que desaparece por completo cualquier atisbo de
autonomía, como la que por unos meses sí tuvo la Fiscalía de Winckler a la
llegada de Cuitláhuac García a la gubernatura. Y que muy cara le costó.
Esta vuelta al pasado –el signo de la
“cuatroté- convierte a la Fiscalía en un mero brazo punitivo del gobierno para
golpear a opositores, críticos y adversarios. Lo cual es muy peligroso en un
escenario de malestar ciudadano por la pésima actuación de la administración de
una gobernadora irascible, hipersensible a la crítica y enemiga de la
transparencia.
Se trata de una profundización de la regresión
autoritaria, institucionalizando la subordinación de la justicia al poder
político. Lo que antes se hacía de manera velada, ahora se hará con respaldo
constitucional.
La reforma confirma que la autonomía de la
Fiscalía era un mito. Solo que hoy, ese mito se derrumba y se reduce al
organismo a ser un simple instrumento del gobierno para administrar la justicia
según sus intereses.
Y si se confirma la llegada a la FGE de quien
desde el Poder Judicial del Estado también retorció la legalidad, amenazó y
persiguió a sus pares, dilapidó sus recursos en juergas y “outfits” –dicho por
sus mismos colaboradores-, y que con toda facilidad les dio la espalda a sus
antiguos benefactores, pues ya sabemos qué podremos esperar.
Email: aureliocontreras@gmail.com
X: @yeyocontreras

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