LOS FANTASMAS DEL NARCOESTADO
El caso Rocha Moya es ya el principal síntoma
de una descomposición que se extiende desde los gobiernos estatales hasta el
corazón mismo del proyecto político que hoy ocupa la Presidencia. Los nexos con
el crimen organizado, cada vez más documentados y menos disimulados, alcanzan
incluso al rancho “La Chingada” en Palenque, Chiapas, símbolo del poder
personalísimo de Andrés Manuel López Obrador. Allí convergen las sospechas de complicidad,
las rutas del dinero y las lealtades que atan a la presidenta Claudia Sheinbaum
a un legado del que difícilmente podrá —o querrá— deshacerse.
La solicitud de extradición a Estados Unidos contra
el gobernador morenista de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, por presuntos vínculos
con el narcotráfico, marca un quiebre irreversible en la narrativa oficial de
un régimen que insiste en negar lo que es inocultable: la penetración del
crimen organizado en las más altas esferas del poder político en México. Antes
y ahora.
La respuesta de la presidenta Claudia
Sheinbaum, reducida a un alegato sobre la “falta de pruebas consistentes” en
las imputaciones del gobierno de Estados Unidos, no solo resulta insuficiente,
sino reveladora de la incapacidad o la falta de voluntad para enfrentar la
herencia tóxica que le dejó su antecesor.
La decisión del gobierno de Donald Trump de
detonar en este momento una bomba en la relación bilateral –que se deterioraba
aceleradamente desde la noticia de la operación encubierta de agentes de la CIA
en Chihuahua sin que el gobierno federal estuviese enterado-, forma parte de
una estrategia más amplia de presión sobre México, que no puede disociarse de
la coyuntura política. Con las elecciones legislativas de noviembre en puerta y
las tendencias desfavorables para el Partido Republicano, el presidente ha
encontrado en el tema del narcotráfico un filón para buscar revertir lo que
hasta ahora parecería una debacle anunciada.
La vinculación de un gobernador mexicano con
el crimen organizado, algo que se sabía prácticamente desde que Rocha Moya fue
electo y que se confirmó con su implicación en la emboscada al “Mayo” Zambada
en 2024, le ofrece a Trump munición para insistir en la necesidad de medidas
drásticas contra México, desde el endurecimiento de la seguridad en la frontera
hasta la intervención militar estadounidense directa contra los cárteles. Y por
supuesto, lo usará como un recurso para hacer campaña. Tonto sería si no.
Pero lo verdaderamente grave no son las
motivaciones de Trump, sino que Rocha Moya –y seguramente muchos más- está
metido hasta el cuello con la delincuencia organizada.
En cualquier país medianamente civilizado, el
gobernador habría caído desde el “affaire” de la traición al “Mayo” Zambada y
el asesinato de Héctor Melesio Cuén, político sinaloense que fue ejecutado en
el mismo lugar donde el capo del cártel de Sinaloa creía que se reuniría con
Rocha Moya y que en su lugar fue emboscado por un hijo del “Chapo” Guzmán. Un crimen
que luego la Fiscalía estatal pretendió hacer pasar por un asalto en una
gasolinera, montaje que se vino abajo rápidamente y a pesar de lo cual, Rocha
se mantuvo en el cargo, protegido por el entonces presidente López Obrador y
arropado por todo Morena.
El caso Rocha Moya es ahora un instrumento de
negociación y presión para Donald Trump y, al mismo tiempo, un espejo incómodo
que exhibe la fragilidad del Estado mexicano.
La defensa de Rocha Moya por parte del
régimen no solo es un error político, sino un acto que refuerza la percepción
de que México es un narcoestado. La evidencia acumulada —desde la infiltración
del crimen organizado en las campañas electorales hasta la protección de
líderes criminales— dibuja un panorama donde la frontera entre gobierno y delincuencia
se ha borrado.
La negativa a investigar a fondo, la
resistencia a reconocer los vínculos delincuenciales de muchos políticos del
régimen y la defensa automática de figuras cuestionadas como Rocha Moya,
consolidan la idea de que el obradorato extendido no solo convive con el crimen
organizado, sino que lo incorporó como parte de su estructura de poder.
Lo más interesante es que, al mismo tiempo,
se presenta una oportunidad que podría ser decisiva para Sheinbaum: romper con
las imposiciones heredadas de López Obrador y marcar una distancia que no ha
podido tener y que no la deja gobernar a plenitud. Sin embargo, todo indica que
la presidenta optará por la ruta más cómoda: minimizar, negar, relativizar. Su
defensa de Rocha Moya como víctima de un “tema político” confirma que la
prioridad no es la justicia ni la seguridad, sino la preservación de la
cohesión interna de un movimiento que se sostiene mediante pactos inconfesables,
pero que siempre tienen un costo que, más temprano que tarde, se termina por
pagar.
La presidenta carga con la sombra de López
Obrador y con el peso del aparato que la llevó a la Presidencia. Entregar a Rocha
Moya a Estados Unidos marcaría el quiebre que necesita para ejercer realmente
el poder, pero al mismo tiempo podría abrir una caja de Pandora de complicidades
que arrastrarían a todo el movimiento.
Y eso, a un año de las elecciones intermedias
del sexenio, sería letal.
Email: aureliocontreras@gmail.com
X: @yeyocontreras

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