ANTIFEDERALISTA, ANTIPARITARIA Y ANTIDEMOCRÁTICA
El llamado “plan B” de Claudia Sheinbaum,
presentado como alternativa tras el estrepitoso y previsible fracaso de su
reforma electoral en la Cámara de Diputados, se inscribe, al igual que su
malograda iniciativa, en esa tradición autoritaria que busca someter a las
instituciones locales y a la pluralidad política bajo la égida del poder
presidencial.
Lejos de ser un proyecto de transparencia y
racionalización del gasto, como se pretende vender, este paquete de reformas
constitucionales y a leyes secundarias constituye un ataque frontal contra el
federalismo, la paridad de género y la propia Constitución.
El federalismo, aunque imperfecto, ha sido
uno de los pilares del sistema político mexicano que desde el siglo XIX se
debate entre la soberanía de las entidades y el control central del aparato de
poder. La convicción federalista se fortaleció principalmente en la época de la
ya lejana transición a la democracia de finales del siglo XX y principios del
XXI, a través de una mayor autonomía para los estados y municipios.
El llamado “plan B” trastoca ese equilibrio
al imponer desde el centro límites presupuestales a los congresos locales y
reducir de manera unilateral, sin criterios claros más allá de una mal
entendida y torcida “austeridad”, el número de regidores en los municipios.
Bajo ese argumento fútil, se pretende decidir desde la Presidencia cómo deben
integrarse los órganos de representación en cada entidad federativa y en cada
ayuntamiento, anulando la capacidad de los mismos para definir sus propias
reglas conforme a sus realidades sociales, políticas y demográficas.
Lo que se asoma es la imposición de un modelo
único que desconoce las diferencias entre estados con poblaciones, necesidades
y estructuras administrativas dispares. Se trata de una camisa de fuerza que
uniforma lo diverso y que, en la práctica, convierte a los congresos locales en
simples oficinas subordinadas al poder central.
En el caso de los ayuntamientos, la reducción
del número de regidores a un rango de entre 7 y 15, sin importar la complejidad
política o social de cada municipio, es otra muestra de la visión centralista
de un régimen que presume progresismo, pero es en realidad profundamente conservador.
La pluralidad municipal, que debería reflejar la diversidad de voces y fuerzas
políticas, se vería mutilada por una regla impuesta desde la capital. El
federalismo, entendido como la capacidad de los estados y municipios de
autogobernarse, queda así vulnerado, reducido a retórica.
No es este el único tema preocupante y
altamente riesgoso de la iniciativa enviada este martes al Senado. Uno de los
avances más significativos en la vida democrática mexicana de los últimos años ha
sido la incorporación de la paridad de género en la integración de los órganos
de gobierno. Pero en la iniciativa del “plan B” de Sheinbaum se eliminó
expresamente esa garantía en la conformación de los cabildos. Y al reducir el
número de regidores y fijar un esquema rígido de integración, se abre la puerta
para que las mujeres sean desplazadas de los espacios de representación. Algo
intolerable, y más todavía viniendo de una presidenta mujer, que además se
asume “feminista”.
Aunque al momento de redactar estas líneas se
informó que la Secretaría de Gobernación envió un oficio para, literalmente,
reformar la reforma en ese tema antes de ser discutida –lo cual habría que
revisar si es legal, pues la iniciativa ya había sido recibida formalmente por
el Poder Legislativo-, difícilmente se puede creer que haya sido un “error de
dedo”, como seguramente van a intentar hacer creer. Se antoja más bien que se
trate de una intentona para “pasar de humo” otra regresión, ésta atentatoria contra
la participación política de las mujeres, cuya autoría ya sabe a quién
atribuirle.
Quizá el aspecto más grave del “plan B” sea
la pretensión de empalmar la consulta de revocación de mandato con las
elecciones intermedias. Según la iniciativa, la revocación se realizaría el
primer domingo de junio del tercer o cuarto año de gobierno, es decir, en 2027
o 2028, pero con la clara intención de llevarla a cabo al mismo tiempo que las
elecciones intermedias, lo que permitiría a la presidenta hacer campaña abierta
bajo el pretexto de “defender” su permanencia en el cargo, aun cuando nadie le
esté pidiendo que se vaya.
Se trata de un fraude a la Constitución. La
revocación de mandato es un mecanismo para evaluar la continuidad de las autoridades
que debería activarse a solicitud de los ciudadanos, y no una plataforma
electoral para que el titular del Ejecutivo se convierta en jefe de campaña de
su partido. Al empalmar ambos procesos, se desvirtúa el sentido de la
revocación, convirtiéndola en una especie de ratificación y, sobre todo, en un
instrumento de propaganda gubernamental.
Morena tendría así la ventaja de contar con
la figura presidencial recorriendo el país, movilizando recursos y legitimando
su proyecto político en plena contienda electoral, cuando la Constitución
establece claramente que el presidente/a debe mantenerse al margen de las
elecciones, precisamente para evitar que el poder se utilice en beneficio de un
partido.
El “plan B” viola ese principio y normaliza
la intervención presidencial en los procesos electorales. Se trata pues de un
retroceso democrático que recuerda –otra vez- las peores prácticas del viejo
régimen priista, donde el presidente era el gran elector y su palabra definía
candidaturas y resultados.
El “plan B” de Claudia Sheinbaum, de la misma
manera que lo era su reforma electoral, es un intento de centralizar el poder,
de manipular los procesos electorales y de perpetuar la hegemonía de Morena. Un
proyecto autoritario antifederalista, antiparitario y profundamente
antidemocrático.
Email: aureliocontreras@gmail.com
X: @yeyocontreras

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