LA OTRA “BARREDORA”
Durante muchos años, sexenios en realidad, la
corrupción en México no se ha combatido: se ha administrado. Y cuando la
podredumbre ha alcanzado niveles que ya no pueden ocultarse, se simulan “purgas”,
se exhiben algunos nombres, se hacen algunas detenciones, se reparten culpas y
se proclaman cruzadas “morales” que no han sido más que una puesta en escena.
El reciente escándalo del “huachicol fiscal”
es el ejemplo más obsceno de esta dinámica. Una red de contrabando de
combustibles que operó durante años bajo la protección de altos mandos
militares, funcionarios aduanales y gubernamentales y empresarios, y que solo está
siendo desmantelada -y eso, parcialmente- por la presión que vino del
extranjero.
La visita a México la semana pasada del
secretario de Estado del gobierno de Estados Unidos, Marco Rubio, no fue precisamente
por una cortesía diplomática. Vino a mover el avispero. Y vaya que lo agitó. No
había terminado de irse luego de su reunión con la presidenta Claudia
Sheinbaum, cuando se detuvo al vicealmirante Manuel Roberto Farías Laguna, junto
con otros funcionarios y empresarios ligados al contrabando de hidrocarburos o
“huachicol fiscal”, como se ha dado en llamarle.
No es cualquier detención. Se trata de un
militar de alto rango, lo cual no es común que suceda en México. Y además, y
para hacer más dramático el escenario, es sobrino político de Rafael Ojeda
Durán, exsecretario de Marina del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, ése
en el que se proclamaba –como ahora- que “ya se acabó la corrupción”.
La “coincidencia” de tiempos entre las ahora
14 detenciones por “huachicoleo” y la visita de Rubio es cualquier cosa, menos
una coincidencia. Y al parecer el gobierno mexicano se vio obligado ofrecer una
cabeza -o varias- para calmar la exigencia estadounidense de atacar uno de los tantos
negocios ilícitos que durante décadas se han extendido en nuestro país con
total impunidad.
Porque el “huachicol fiscal” no es nuevo. Es
una práctica sistemática que consiste en el robo, traslado, refinación y
reventa de combustible mexicano en Estados Unidos, para luego reimportarlo con
documentos falsos y venderlo en gasolineras nacionales como si fuera legítimo.
Un esquema que requiere complicidad en todos los niveles: desde los cárteles
criminales que controlan y “chupan” los ductos, hasta los funcionarios que
maquillan los papeles, pasando por las empresas –de fachada o incluso
legítimas- que lavan el dinero. Todo, bajo la mirada cómplice de quienes
deberían combatir este delito.
Tanto así, que había una mini-refinería de
combustible robado en el sur de Veracruz de la cual el gobierno de México tenía
noticia desde hace por lo menos cinco años, de acuerdo con reportes de inteligencia.
Pero resulta que “nadie se dio cuenta” nunca de su existencia, a pesar de que
es más eficiente –porque producía más combustible- que la fallida y costosísima
refinería Olmeca-Dos Bocas, obra faraónica del obradorato.
Las detenciones –las ya ejecutadas y las que
vendrán- anunciadas por el secretario de Seguridad Omar García Harfuch no
representan, como tales, golpes reales a la corrupción. Se trata de “ofrendas”
políticas para demostrar al gobierno de Estados Unidos que México “sí coopera”
en el combate al crimen organizado –pues se está viendo en el espejo de
Venezuela-, mientras por otro lado, la presidenta Sheinbaum mantiene un
discurso pseudonacionalista de aparente “defensa” de la “soberanía”, tan predecible
como vacío.
El “huachicol fiscal” no es una operación
aislada, sino una red estructurada que llega a los más altos estamentos del
poder, que no pudo haber existido sin su conocimiento y su protección. ¿O
alguien cree que Andrés Manuel López Obrador no sabía lo que ocurría en su
sexenio, cuando el combate al robo de combustible era uno de sus estandartes?
¿O que Claudia Sheinbaum, heredera directa de ese proyecto, se enteró apenas?
La pregunta aquí es hasta dónde estarán
dispuestos a llegar. Qué tan alto y a qué costo. Porque si el gobierno
realmente quiere combatir al crimen organizado, tendrá que ir más allá de políticos
de medio pelo y funcionarios menores. Tendrá que investigar a los verdaderos
beneficiarios del negocio, a los que operan desde las cúpulas empresariales,
militares y políticas, y romper la red de complicidades que ha permitido que
este esquema funcione durante décadas.
Tendrá que usar una “barredora”, de las que
barren para atrás. Porque si no limpia la cloaca, alguien más vendrá a
destaparla.
Email: aureliocontreras@gmail.com
X: @yeyocontreras

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