LA NARRATIVA DEL DESATINO
La violencia que se desató el pasado domingo en
varias regiones del país tras el operativo federal en el que fue abatido –o
quizás ejecutado- Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, líder del Cártel
Jalisco Nueva Generación, tuvo repercusiones inmediatas en Veracruz, una de las
principales zonas de influencia e interés del grupo delictivo.
Carreteras bloqueadas, vehículos incendiados en
el norte, centro y sur del estado y un ambiente de zozobra avivado por el vacío
de información oficial durante toda esa mañana, fueron la constante. Sin
embargo, la única que parece no haberse enterado de lo que pasó en la entidad
que gobierna fue Rocío Nahle.
Cuando al fin salió a dar la cara a los
veracruzanos, entrada la tarde-noche, la gobernadora de Veracruz prefirió minimizar
los hechos, negar la existencia de narcobloqueos y, en un esfuerzo por simular
que todo estaba bajo control, ordenar que se mantuvieran las clases y
actividades laborales normales al día siguiente. Como si nada hubiese ocurrido
ni siguiera ocurriendo todavía a esas horas.
Para ese momento, varias instituciones
educativas de todos los niveles habían decidido ya suspender las clases
presenciales a fin de no exponer al estudiantado, en especial al que debía
viajar para llegar a sus centros educativos. Una de éstas fue la Universidad
Veracruzana, seguramente acicateada por el antecedente de sus omisiones durante
las inundaciones de octubre de 2025 en el norte del estado.
Separarse de un guion oficial que ni siquiera
le había sido comunicado le valió a la casa de estudios un reproche público –al
cabo sus autoridades son “de casa”- de la gobernadora, que enfurecida –pero muy
“respetuosa” de la autonomía universitaria- calificó como un “error” la
decisión que no fue de suspender, sino de impartir las clases de manera
virtual, para lo cual la UV cuenta con una plataforma. Pero ese no era el
problema, sino lo que eso proyectaba, lo que Nahle bautizó como “narrativa del
caos” y de la cual culpó, por qué no, a los medios de comunicación.
El resultado de la “orden” de mantener las
clases de manera “normal” fue un elevado ausentismo escolar en los planteles
que formalmente mantuvieron actividades. Una organización, Nido Estudiantil UV,
cuestionó incluso la testarudez oficial, señalando que “debe ser muy cómodo
juzgar y hablar de seguridad desde el podio, mientras muchos estudiantes
–especialmente foráneos– tienen que trasladarse entre municipios para asistir a
clases”.
La insistencia en negar la violencia no es nueva.
Forma parte de una estrategia política que busca evitar que la percepción de
inseguridad se convierta en un lastre –otro más- para el gobierno de Veracruz.
Reconocer la existencia de narcobloqueos sería admitir que el Estado perdió temporalmente
el control del territorio, lo cual, aunque lo nieguen, es lo que ocurrió.
En este sentido, la simulación de orden y
control busca cumplir con una función de contención simbólica, con la que a la
vez se trata de convencer a la población de que los hechos violentos son
aislados, que no representan un riesgo generalizado y que la vida cotidiana
puede continuar sin alteraciones.
El problema es que cuando la narrativa
oficial choca con la experiencia ciudadana, se genera un vacío de credibilidad.
La ciudadanía percibe que el gobierno no dice la verdad y se erosiona la
confianza en las instituciones, como quedó claramente demostrado con el
ausentismo escolar –y hasta laboral- del lunes.
La violencia en Veracruz no es nueva. Los
bloqueos, las ejecuciones y los enfrentamientos han sido parte del paisaje en
distintos momentos de los últimos años, en diferentes gobiernos y con
diferentes partidos. Lo que ha cambiado es la forma en que las autoridades los
comunican.
Al negar la existencia de narcobloqueos en
Veracruz –reconocidos por el propio secretario de Seguridad federal, Omar
García Harfuch-, Rocío Nahle busca evitar que se instale la idea de un estado
sitiado y un gobierno inoperante. Pero al mismo tiempo, si la autoridad dice
que no pasa nada, para la población significa que pasa mucho. Una especie de “pedagogía
del miedo” que se construye a partir de la discrepancia entre el discurso
oficial y la realidad cotidiana.
O dicho de otra manera, frente a lo que llama
la “narrativa del caos”, el actual gobierno se enreda y azota en una lamentable
narrativa del desatino: como cuando los ríos en el norte de Veracruz “se
desbordaron un poquito”; o como ahora, que en la zona de Orizaba solo se
“derramó aceite” y “no hubo narcobloqueos”.
Negar la realidad no la hace desaparecer.
Email: aureliocontreras@gmail.com
X: @yeyocontreras

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