LA OPACIDAD COMO ESTRATEGIA ELECTORAL
Aunque no generó mayor conversación pública en medio de la histeria mundialista la semana pasada que ocurrió, la negativa del Órgano de Fiscalización Superior (Orfis) de Veracruz a firmar el Convenio de Coordinación y Colaboración para la Fiscalización Superior del Gasto Federalizado con la Auditoría Superior de la Federación (ASF) no es un hecho administrativo menor.
Se trata de una decisión que coloca al estado
en una zona gris de supervisión, justo cuando el país se prepara para un
proceso electoral intermedio que pondrá a prueba la capacidad de las
instituciones para garantizar un mínimo de transparencia y rendición de cuentas,
en un contexto de captura y control desde el régimen.
El convenio, promovido desde la Comisión de
Vigilancia de la Cámara de Diputados por su presidente, Javier Herrera Borunda,
buscaba articular esfuerzos entre los órganos locales y la ASF para evitar
duplicidades y fortalecer la revisión del gasto federalizado, al menos en los
términos en que fue planteado. Veracruz, sin embargo, optó por marginarse sin
argumentos claros. Y esa omisión no puede leerse sino como una estrategia
deliberada para mantener bajo control político local el manejo de los recursos
públicos.
La fiscalización del gasto federalizado es un
asunto delicado en estados como Veracruz, donde las transferencias de la
Federación representan una parte más que sustantiva del presupuesto,
prácticamente el 90 por ciento. Al negarse a firmar el convenio, se limita la
capacidad de la ASF para auditar con mayor profundidad los recursos que llegan
a la entidad, donde hay numerosos ejemplos de mal uso en diferentes niveles. Y
en términos prácticos, esto significa que los desvíos, irregularidades o
subejercicios pueden quedar sin siquiera ser observados, y ya no digamos
recibir una sanción efectiva, lo cual, valga decirlo, tampoco ha ocurrido de
manera generalizada en el pasado.
La consecuencia inmediata es la impunidad. En
un estado con antecedentes de escándalos financieros —desde el desfalco
monstruoso en el sexenio de Javier Duarte, hasta las observaciones recientes de
la ASF al manejo de las participaciones federales por parte del gobierno de
Rocío Nahle—, la decisión del Orfis equivale a blindar políticamente a quienes
hoy (mal) administran el dinero público.
La figura de la auditora general del Orfis,
Delia González Cobos, añade un matiz político inevitable. Su aspiración a
convertirse en candidata de Morena a diputada federal —para lo cual ya también
se placea por colonias y en cuanto acto público tiene a la mano— coloca la
decisión de no firmar el convenio en un terreno de conflicto de interés, pues
el órgano técnico que debería garantizar imparcialidad es, en realidad, una plataforma
(a todas luces ilegal) de proyección electoral.
El momento en el calendario tampoco es
casual. La negativa ocurre en vísperas del inicio del proceso electoral
intermedio, tanto local como federal. En ese contexto, la opacidad en el manejo
de recursos públicos adquiere un valor estratégico, ya que abre la puerta al
financiamiento de estructuras políticas, movilizaciones y campañas con dinero
público, a la par que la ASF tendrá más dificultades para documentar las
irregularidades.
La participación en esta ecuación del presidente
de la Comisión de Vigilancia de la Cámara de Diputados, Javier Herrera Borunda,
abre otra arista política. El hijo del exgobernador Fidel Herrera Beltrán es,
en los hechos, el líder real del Partido Verde en el estado de Veracruz y busca
ser candidato a diputado federal de mayoría el año entrante, con el objetivo, a
su vez, de proyectarse hacia una eventual candidatura a la gubernatura en 2030.
Así que su papel no es neutral. El Partido
Verde es “aliado” de Morena en Veracruz, pero ha sido sistemáticamente
maltratado en los últimos procesos electorales por el partido hegemónico, lo
cual ha provocado malestar entre sus dirigentes que, a pesar de ello, se han
mantenido coaligados al morenato. Política y legislativamente. Empero, eso no
quiere decir que vaya a ser así indefinidamente.
La negativa a adherirse al convenio promovido
por Herrera Borunda también revela las tensiones internas en la construcción de
acuerdos rumbo al proceso electoral. Así como una mala relación del estado con
el nuevo auditor superior, Aureliano Hernández Palacios Cardel, quien apenas
llegó le clavó un pliego de observaciones a la Secretaría de Finanzas de Rocío
Nahle y, al parecer, estaría por abrir una cloaca en la Fiscalía General del
Estado por el último año de Cuitláhuac García.
En un estado como Veracruz, con altos índices
de pobreza y desigualdad, la opacidad y discrecionalidad en el manejo de los recursos
públicos significa que los sectores más vulnerables son los primeros en pagar
el costo de la impunidad. Y en ser usados como carne de cañón electoral, con
cargo al erario.
Email: aureliocontreras@gmail.com
X: @yeyocontreras

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